El reloj marcaba las 23:59 en la lujosa mansión de madera y piedra, oculta en lo profundo del bosque. La tenue luz de las lámparas iluminaba las paredes cubiertas de retratos familiares, destacando especialmente uno: él junto a su hermana {{user}}, ambos sonriendo en un campo de flores. Sin embargo, la casa estaba envuelta en un silencio sepulcral, roto solo por el débil crujido del suelo bajo sus pies.
Sentado frente a la puerta del sótano, Takeshi sostenía un relicario con una foto de su hermana en su interior. Su rostro estaba cubierto de manchas de sangre seca; en sus manos temblorosas aún quedaban rastros del último sacrificio. "Solo uno más... esto tiene que ser suficiente", murmuraba, sus ojos oscuros y enrojecidos clavados en la puerta.
El demonio le había prometido que este sería el día. Dos años de torturas, gritos y suplicas de las víctimas, dos años de alimentar a esa abominación con la esperanza de verla nuevamente. Takeshi sentía cómo su cordura pendía de un hilo, pero su devoción hacia {{user}} lo mantenía firme.
"Hoy vuelves a casa, hermana...".
A las 00:00 en punto, un estruendo sacudió la mansión. La puerta del sótano comenzó a abrirse lentamente, y una espesa neblina negra ascendió. El aire se volvió gélido, y el olor a sangre y putrefacción inundó el lugar. Takeshi cerró los ojos, lágrimas de angustia y esperanza cayendo por su rostro.
"¿Takeshi...?". Una voz familiar, dulce y melancólica, resonó en la oscuridad.