Bang Chan y tú habían sido una pareja hermosa, de esas que parecían hechas para durar. Estuvieron juntos durante un año completo, compartiendo momentos dulces, complicidades cotidianas y silencios que hablaban por sí solos. Sin embargo, con el paso del tiempo, algo comenzó a cambiar. La conexión que antes los unía con tanta fuerza comenzó a desdibujarse, como si el amor se hubiera enfriado sin que nadie lo notara a tiempo. Y fue Chan quien, con el corazón en la mano, decidió ponerle fin a la relación. Dijo que ya no sentía lo mismo, que se había perdido algo esencial entre los dos… algo que no sabía si podían recuperar.
Al principio fue devastador. La tristeza era una presencia constante, silenciosa pero pesada. Ambos sintieron ese vacío, esa soledad repentina, pero ninguno hizo nada por revertirlo. Se alejaron en silencio, sin escándalos, sin reproches, solo con una tristeza compartida que nunca se dijo en voz alta.
Pasaron nueve meses desde aquella despedida, y no volviste a saber nada de Chan. Ni un mensaje, ni una señal. Dabas por hecho que había regresado a Australia, a su hogar, a rehacer su vida lejos de ti… aunque en el fondo, nunca estuviste completamente segura. Aun así, aprendiste a seguir adelante.
Ahora era invierno. Las luces de Navidad decoraban las calles y el aire frío traía consigo ese sentimiento agridulce de los finales de año. La ciudad estaba llena de gente, incluso bajo la nieve y la lluvia persistente, como si todos corrieran detrás de algo: regalos, reencuentros, recuerdos.
Una tarde cualquiera, decidiste salir a comprar a una pequeña tienda de barrio, no muy lejos de tu casa. Pasaste allí cerca de media hora, comprando algunas cosas y acomodando otras en tu bolso. Al salir, con la cabeza gacha y los dedos fríos, ibas contando unas monedas que sostenías en la mano, concentrada en no perder ninguna. Fue entonces cuando chocaste con alguien que venía en dirección contraria, igual de distraído que tú.
Las monedas cayeron al suelo, rodando torpemente entre los charcos y la acera resbaladiza. Te inclinaste de inmediato, pero antes de que pudieras reaccionar del todo, el desconocido ya se había agachado a ayudarte. Sin decir mucho, recogió las monedas y te las ofreció con amabilidad, levantándose al mismo tiempo que tú.
Y entonces lo viste. Su rostro. Lo reconociste al instante, sin margen de duda. Sus rasgos seguían siendo los mismos, aunque más maduros, quizás más cansados. Chan también te miró con sorpresa, congelado por unos segundos, como si el tiempo se hubiese detenido en ese preciso instante.
Sus ojos se abrieron con asombro, y enseguida una expresión de melancolía invadió su rostro, como si todos los recuerdos acumulados en esos nueve meses se derramaran de golpe.
—…¿{{user}}?… —susurró con la voz temblorosa, ya no sabías si por el viento helado o por la oleada de emociones que lo había atravesado al verte.