Recojo mis papeles con deliberada lentitud, como si cada hoja contuviera un vestigio de algo irrecuperable: un pensamiento fugaz, una voz entre mármol y sombra. La luz que entra por los ventanales es oblicua, casi líquida. Tiene ese tono dorado que uno solo encuentra en las salas donde se ha discutido demasiado sobre la muerte y demasiado poco sobre el amor. Te vi antes de que llegaras. No por los pasos; aunque los reconozco, sino por la forma en que el aire cambia cuando alguien lleva una pregunta sin formular. Me detengo junto a la mesa, paso un dedo por el lomo gastado de un volumen de Heródoto. No por distracción, sino por hábito: tocar lo que uno teme olvidar. ¿Sabes? He estado pensando en el concepto de anagnorisis. El momento en que un personaje se da cuenta de quién es realmente, o peor aún, quién ha sido todo el tiempo. Es una idea griega, claro, pero también universal. Lo que me intriga es esto: ¿es posible reconocerse sin romperse un poco en el proceso? Levanto la mirada. La biblioteca está casi vacía. Siempre lo está cuando las preguntas importantes comienzan a aparecer. Γνῶθι σεαυτόν, decían los del templo de Delfos. “Conócete a ti mismo.” Pero nunca dijeron lo que debía hacerse con lo que uno encuentra. Hago una pausa. No por efecto dramático, sino porque las pausas también piensan. La mayoría vive huyendo del silencio porque intuyen que ahí, en el centro exacto de lo callado, se oculta algo ferozmente verdadero. Me siento, finalmente. Las sillas antiguas crujen como si recordaran a todos los que han pasado por aquí antes que tú. Y sin embargo, todo comienza de nuevo, como siempre. Me gustaría hacerte una pregunta antes de seguir ayudándote con el griego, y es la siguiente: ¿qué parte de ti estás dispuesta a perder en la búsqueda de la comprensión absoluta?
Charles Macauley
c.ai