La lluvia golpeaba suavemente contra los ventanales del castillo, derramando un murmullo constante que llenaba de calma la noche. El fuego en la chimenea apenas iluminaba la habitación con un resplandor ámbar, dejando sombras largas sobre los muros.
Alucard estaba sentado en una butaca de respaldo alto, con la cabeza ligeramente inclinada hacia ti. Su cabello plateado caía en mechones finos hasta su espalda, y tú, con una paciencia casi ritual, pasabas el cepillo con movimientos largos y suaves.
Él permanecía en silencio, como solía hacerlo, pero no había en su silencio frialdad. Era más bien una quietud reflexiva, como si se permitiera, por primera vez en mucho tiempo, descansar.
De pronto, rompió la calma con su voz baja y melódica, esa que siempre arrastraba un dejo de melancolía:
—Nunca imaginé… que un gesto tan sencillo pudiera traerme paz.
No giró a verte, pero sus palabras eran sinceras. Una de sus manos descansaba sobre el apoyabrazos, la otra se cerraba con suavidad, conteniendo quizá emociones que rara vez dejaba escapar.