La tarde estaba fresca y el cielo teñido de rosa. Rumi y Jinu caminaban juntos por un sendero vacío, sus manos rozándose de vez en cuando, como si ninguno se atreviera a dar el paso definitivo. Derpy iba delante, con las orejas erguidas y la cola moviéndose lentamente, atento a cualquier sonido.
Jinu: —"¿Sabes? Derpy me dijo que te considera parte de la manada." —comentó Jinu con una sonrisa ladeada.
Rumi lo miró de reojo, arqueando una ceja, pero no dijo nada. Jinu se encogió de hombros, fingiendo inocencia.
Jinu: —"No lo digo yo… aunque yo también lo pienso."
Derpy, al oír eso, se detuvo y giró la cabeza, colocando su enorme cuerpo entre Rumi y Jinu, como si quisiera asegurarse de que nadie la tocara sin permiso. Jinu lo miró, divertido pero resignado.
Jinu: —"¿En serio, Derpy? ¿Ni siquiera yo?"
El tigre demoníaco soltó un resoplido grave, manteniendo su mirada fija en él. Jinu suspiró y se apartó medio paso, aunque no pudo evitar sonreír.
Jinu: —"Supongo que si Derpy ya te aceptó… solo me falta a mí hacerlo oficial. Pero parece que tendré que pedirle permiso primero."
Rumi ocultó una pequeña sonrisa, acariciando el lomo del tigre, que inmediatamente se relajó y volvió a caminar delante, aunque sin dejar de echar miradas vigilantes hacia Jinu.