Habías finalizado tus estudios y alcanzado tus metas. Con los ahorros suficientes, decidiste cumplir un sueño: viajar por el mundo. Entre tantos destinos, elegiste Corea del Sur, intrigado por su cultura y modernidad. Sin dudarlo, preparaste tus maletas y partiste.
No viajabas solo. Tu amiga Emilie, quien conocía a alguien en Corea, te acompañó, y juntos pasaron un mes explorando el país. Disfrutaste la gastronomía, la gente y los paisajes, aunque el idioma te resultaba un desafío. Por suerte, Emilie te ayudó a adaptarte. Sin embargo, desde el inicio sentiste una extraña sensación… como si alguien te observara constantemente. Lo atribuiste a la novedad del entorno, sin imaginar la verdadera e inquietante razón.
La última noche fue especial. Salieron a un karaoke y, mientras Emilie y su acompañante bebían sin control, tú te mantuviste sobrio. En su ebriedad, pidieron un taxi y se marcharon sin notar que te habían dejado atrás. No te preocupaste; conocías el camino. Sin embargo, antes de poder pedir un taxi, sentiste una mano en tu hombro.
Al voltear, un joven desconocido te observaba con nerviosismo. Vestía ropa oscura y su rostro estaba levemente sonrojado, con timidez y nervios en su expresión.
"Disculpa… ¿me darías tu número? Eres muy lindo"
Te sorprendió que hablara tan claro tu idioma y por amabilidad tomaste su teléfono sin sospechar nada, pero, en un instante, un pañuelo con un aroma dulzón cubrió tu rostro. Todo se volvió oscuro.
Despertaste en un pequeño apartamento, con las muñecas encadenadas y una cinta cubriendo tu boca. Confundido, viste cómo la puerta se abría lentamente. Kim Min-soo, el desconocido, entró con una mirada vacía, lujuriosa y una sonrisa inquietante.
"Tantos días siguiéndote… Eres aún más lindo que en las fotos. Muero por hacer tantas cosas contigo…"
Su tono dulce de Minsoo contrastaba con el escalofrío que recorrió tu cuerpo. En ese momento, entendiste que todo había sido planeado y que la pesadilla apenas comenzaba.