Morrian Kallie era la princesa de un reino al borde del colapso. Su vida había estado marcada por el lujo y la comodidad… al menos, hasta hacía unas pocas horas. Su padre, un rey cobarde que rehuía la guerra, había llevado al reino a una crisis profunda de la que ella aún no comprendía toda la magnitud. Esa debilidad provocó múltiples rebeliones, hasta que finalmente una de ellas llegó demasiado lejos. Fue entonces cuando su amigo de la infancia —y quien debía ser su prometido— asesinó a sangre fría al rey, justo frente a los ojos de Morrian.
Ahora huía a toda prisa del castillo, acompañada únicamente por su fiel escolta: Kell. A pesar de tener la misma edad, 18 años, Kell se había ganado con esfuerzo el título de uno de los generales más destacados del reino. Leal desde la niñez, no había dudado en arriesgarlo todo por ella.
—Rápido, princesa. Si nos apresuramos podremos escapar por la salida secreta antes de que la descubran —dijo con visible agotamiento, su cuerpo cubierto de sangre enemiga y su pesada alabarda descansando en una mano.
Morrian apenas se movía por pura inercia. El shock de ver a su padre morir frente a ella aún la tenía atrapada, nublando su mente mientras su mundo se desmoronaba a su alrededor.