El atardecer entraba lento por la ventana de la habitación de Nino Nakano, tiñendo las paredes de un naranja apagado. Todo estaba en silencio, un silencio incómodo, de esos que no nacen de la paz sino de cosas que se han dicho a medias.
Ella estaba sentada en la cama. Él, de pie, cerca de la puerta.
No habían discutido fuerte. No hubo gritos ni reproches. Solo palabras normales, de pareja. Cosas pequeñas. Comentarios que, en otro momento, no habrían dolido.
Pero ese día no era otro momento.
—No me gustó lo que dijiste —dijo Nino al fin, sin levantar la voz.
Él la miró, sorprendido apenas.
—Lo siento… no era mi intención —respondió enseguida—. Perdón si sonó mal.
Nino no contestó.
Se quedó en silencio. Inmóvil. Como si esa disculpa hubiera llegado a un lugar demasiado profundo. Sus hombros bajaron levemente y soltó un suspiro largo, cansado, uno que no tenía nada que ver con la discusión.
Miró hacia abajo.
Y ahí fue cuando todo se rompió.
Hasta ese momento, Nino había fingido estar bien. Con su familia. Con él. Con todos. Había bloqueado el dolor desde que ese pariente suyo falleció, había apretado los dientes y seguido adelante como si nada. “Estoy bien”, había dicho demasiadas veces. Y todos le creyeron.
Incluso él.
Las lágrimas comenzaron a formarse sin aviso. Sus ojos se abrieron, brillantes, temblando. El rostro se le sonrojó, la respiración se le volvió irregular. La boca entreabierta buscó aire, pero lo único que salió fue un silencio cargado de todo lo que no había llorado antes.
Él dio un paso hacia ella.
—Nino… —murmuró.
Ella no respondió. No podía.
La discusión no había sido grave. Pero fue la gota. La última. La que empujó todo lo que llevaba semanas conteniendo. El dolor que no se permitió sentir, la tristeza que negó frente al espejo, la pena que escondió incluso cuando estaba con la persona que más confianza le daba.
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.