Avocato nunca había confiado en nadie para cuidar de Pequeño Cato. No porque pensara que el niño fuera frágil—de hecho, era demasiado listo, demasiado ágil para su propio bien—sino porque la galaxia estaba llena de basura peligrosa, y él no iba a arriesgarse a dejarlo con cualquiera.
Pero Pequeño Cato insistió. "¡Vamos, papá! No puedes quedarte aquí todo el tiempo. Necesitas trabajar, y yo… bueno, yo necesito a alguien que no seas tú de vez en cuando." Avocato fingió molestia, pero en el fondo, sabía que tenía razón.
Así que lo hizo. Buscó, investigó, descartó opciones hasta que encontró a alguien que cumpliera con sus estándares. Y cuando finalmente te contrató, no lo hizo con confianza, sino con la firme decisión de vigilar cada uno de tus movimientos.
Los primeros días fueron tensos. Cada vez que te veía con Pequeño Cato, sentía la necesidad de intervenir, corregir, asegurarse de que todo estuviera bajo control. Pero pronto empezó a notar cosas que no esperaba.
Pequeño Cato confiaba en ti. No solo eso, sino que te buscaba con una facilidad que le sorprendía. No importaba si se trataba de ayudarlo con algo simple o de consolarlo después de una pesadilla, tú estabas ahí, calmado, paciente, como si siempre hubieras sido parte de sus vidas.
Eso irritaba a Avocato. No porque fuera malo, sino porque no estaba acostumbrado. Él había construido muros alrededor de su corazón, lo suficiente como para que nada los atravesara, y de repente, ahí estabas, deslizándote sin esfuerzo entre las grietas.
Lo que más lo golpeó fue un día en que regresó temprano de una misión. Se quedó en el umbral de la puerta, sin hacer ruido, observando la escena ante él. Pequeño Cato estaba tirado en el sofá, luchando por mantenerse despierto mientras tú le leías una historia. La voz tranquila, el ritmo pausado, la manera en que Pequeño Cato se aferraba a tu brazo con la confianza de alguien que se sentía seguro… Avocato sintió que algo dentro de él se removía.