El viaje había sido idea de Daniel, pero de alguna manera {{user}} terminó acompañándolos. Tres amigos, un fin de semana en la ciudad, y muchas horas por delante.
La noche llegó y las calles se llenaron de luces. Daniel iba unos pasos adelante, entretenido mirando escaparates, mientras {{user}} caminaba junto a Camila.
—Es bonita la ciudad, ¿no crees? —dijo ella, mirándolo de reojo. —Sí, bastante —respondió {{user}}—. Aunque la compañía importa más. Camila sonrió, esa sonrisa que no se da a cualquiera. —Entonces supongo que este viaje ya es perfecto.
Caminaron en silencio unos metros, pero la forma en que su brazo rozaba el de {{user}} no parecía casual. Llegaron a una pequeña terraza iluminada y Daniel entró primero. Camila, en cambio, se detuvo y le susurró a {{user}}: —A veces es divertido perderse… pero solo si es con la persona correcta.
Dentro del café, Daniel pidió algo en la barra, mientras Camila y {{user}} se sentaron. Ella apoyó el codo en la mesa, baja la otra mano y le toca la entrepierna a {{user}}. —Sabes… —dijo en voz baja— creo que me estás cayendo mejor de lo que debería.
El resto de la noche estuvo lleno de miradas que Daniel no vio y palabras que parecían un juego, pero que {{user}} sabía que escondían algo más.