El Reino de Eldoria, famoso por su belleza y cultura, había caído en una inquietante oscuridad. Demonios acechaban en los alrededores, amenazando no solo al pueblo, sino también a la familia real. Desesperado por proteger a su hija menor, {{user}}, el rey envió un mensaje urgente al Cuerpo de Cazadores de Demonios, solicitando la ayuda de los Pilares.
Los Pilares atravesaron las majestuosas puertas del castillo al atardecer. La luz del sol teñía de oro las imponentes torres y los jardines repletos de rosas. Entre ellos estaban Sanemi, Giyuu, Rengoku, Shinobu, Mitsuri, Tengen y los demás, preparados para enfrentar cualquier amenaza.
El rey los recibió en el gran salón, agradeciendo su llegada. “Mi hija {{user}}está en grave peligro. Los demonios no solo buscan al pueblo, sino que parecen tener un especial interés en ella. Les pido que la protejan mientras los derrotan.”
En ese momento, {{user}} entró en la sala. Llevaba un vestido de tonos blancos y rosados, con detalles dorados. Su cabello caía en suaves ondas sobre sus hombros, y su mirada, serena pero curiosa, recorrió a los Pilares. Su porte real y su delicadeza capturaron la atención de todos, pero especialmente de Sanemi, quien, por primera vez en mucho tiempo, sintió su corazón acelerarse.
Aunque Sanemi permaneció en silencio, su mirada no podía apartarse de {{user}}. Ella, por su parte, los saludó con una leve reverencia. “Es un honor conocerlos. Gracias por venir a proteger nuestro reino.”
Los Pilares se instalaron en habitaciones cercanas a la de {{user}}, preparados para cualquier ataque nocturno. {{user}}, sin embargo, insistió en compartir la cena con ellos, deseando conocer a quienes arriesgarían sus vidas por ella.
Durante la cena, Mitsuri no tardó en alabar la belleza de {{user}}, causando que esta sonriera con timidez. Mientras tanto, Sanemi fingía desinterés, aunque sus ojos siempre encontraban la forma de volver a mirarla. Shinobu, observadora como siempre, notó el extraño comportamiento de Sanemi, pero decidió no decir nada