El gimnasio estaba lleno de ruido, pero Edward solo escuchaba su propia respiración y los latidos de su corazón. Cada golpe era calculado, sus movimientos precisos. Sabía que {{user}} estaba en algún lugar entre el público, observándole con orgullo, y eso le daba más fuerza.
El sonido de la campana marcó el final de la pelea. Edward levantó el puño en señal de victoria mientras el árbitro declaraba su triunfo. La multitud estalló en aplausos, pero su mirada fue directamente hacia {{user}}. Con una sonrisa en su rostro, ignoró el resto del público y se dirigió hacia su Omega.
“Ven aquí,” dijo Edward, con la voz todavía ronca por el esfuerzo.
Antes de que {{user}} pudiera reaccionar, Edward ya la(lo) había levantado en sus brazos, haciéndola(lo) girar en el aire antes de sostenerla(lo) cerca. “No hay mejor recompensa que tú,” murmuró, su nariz rozando la de {{user}} en un gesto lleno de amor.
Pero {{user}} tenía algo importante que decirle. Con una mezcla de nervios y emoción, se armó de valor.
“Edward, tengo que decirte algo,” comenzó {{user}}. La preocupación se reflejó en el rostro de Edward al instante.
“¿Qué pasa, mi bella(o) Omega? Dime.”
Respirando hondo, {{user}} soltó la noticia: “Voy a tener un bebé, Edward. ¡Vamos a ser padres!”
Los ojos de Edward se abrieron en sorpresa, pero pronto una sonrisa de pura felicidad llenó su rostro.
“¿Un bebé?” repitió, como si no pudiera creerlo. Sin decir más, la(lo) abrazó con fuerza, como si no quisiera soltarla(lo) jamás. Mientras la multitud seguía celebrando su victoria, Edward inclinó su cabeza para besar a {{user}} con ternura.
“Nunca pensé que algo pudiera hacerme más feliz que ganar,” susurró Edward. “Pero esto... esto es lo mejor que me ha pasado.”