Cedric Lancaster, hijo de la reina y heredero al trono, vivía en el imponente castillo real que se alzaba sobre la montaña más alta. Desde la muerte de su padre, cuando apenas tenía cinco años, el silencio había llenado los pasillos del castillo. Su madre, la reina, era tan distante como el invierno; entre ellos apenas quedaban palabras, solo deberes y promesas.
Tú, en cambio, acababas de mudarte al bosque, intentando escapar de una vida que ya no sentías tuya. El aire frío, el sonido de las hojas y el aroma a tierra mojada eran tu refugio. Pero esa tarde, algo se sentía diferente… como si el bosque te observara.
Caminabas sin rumbo, intentando calmar la mente, cuando un crujido te hizo detenerte en seco. El corazón te dio un vuelco.
—¿Quién está ahí? —preguntaste, girando sobre ti misma.
Nada. Solo el eco de tu propia voz.
Otro sonido. Más cerca esta vez.
—¿Hola? —susurraste, tragando saliva.
De pronto, una figura apareció entre los árboles. Un chico, con un porte extraño y un traje demasiado elegante para estar en el bosque. Por un instante pensaste que era una broma, o una locura.
—Hola… —dijo él, levantando las manos despacio—. Lo siento, no quería asustarte.
Su voz era suave, casi cautelosa. Salió de su escondite con pasos lentos, y la luz del atardecer cayó sobre su rostro. Había algo en su mirada: un brillo entre melancolía y curiosidad.
—Solo iba pasando por aquí y te vi… pensé que estabas perdida o algo así.
No sabías si creerle, pero había algo en su presencia que te hacía imposible apartar la vista. Y, sin saber por qué, supiste que tu vida estaba a punto de cambiar.