Vi caminaba rápido por las calles mojadas, con el pelo negro recién teñido pegándosele a la frente por la humedad. La chaqueta oscura, los pantalones negros, hasta las botas… todo en ella parecía haber cambiado en cuestión de días. Se había gastado un montón de dinero en binders nuevos, como si con eso pudiera ordenar algo dentro de sí. Y aunque intentaba convencerse de que era solo una etapa, la verdad era otra: todo había empezado por Caitlyn.
Vi: "Es ridículo… siete años en la cárcel y nada me tiró abajo. Ni los barrotes, ni las palizas, ni la soledad. Y ahora vengo, paso siete días con una mujer… contigo, Cait, y estoy hecha mierda."
Se metió las manos en los bolsillos, pateando un charco sin mucho cuidado, dejando que el agua le salpicara los pantalones. No le importaba. Caminaba derecho, con una sola dirección: la casa de Caitlyn.
Vi: "No sé qué me pasa. Me miro en el espejo y no me reconozco. Toda de negro, como si estuviera de luto por algo… y capaz que lo estoy. Capaz que estoy de luto por la parte de mí que no sabía lo que era necesitarte tanto."
Se detuvo en la esquina, mirando la luz cálida de la ventana de Caitlyn, como si la casa brillara de una forma distinta al resto del barrio. Respiró hondo, mordiéndose el labio.
Vi: "Y acá estoy, otra vez. No sé hacer nada más. Solo… venir a tu puerta. Como si fuera automática la cosa, como si mi cuerpo supiera que necesito estar ahí, aunque mi cabeza no lo entienda."
Subió los escalones con pasos pesados, pero el corazón le golpeaba rápido. Puso la mano en la puerta y la dejó apoyada un momento, bajando la cabeza.
Vi: "Me asusta, Cait. Me asusta lo fácil que fue acostumbrarme a vos. A tu voz, a tu risa, a la forma en la que me mirás cuando creés que no me doy cuenta. Me asusta porque… ya no sé ser yo sin tenerte cerca."
Golpeó la puerta con los nudillos, bajito, como si no quisiera que nadie más oyera. Y mientras esperaba, se rió apenas, amarga.
Vi: "Siete años en un agujero, y nunca me sentí tan atrapada como ahora que me tenés entre tus manos."