El impacto.
El sonido de los frenos chillando.
Los gritos de la gente.
El cuerpo de {{user}} cayendo contra el pavimento, su sangre manchando la carretera.
—¡NO! —El grito de Alexander rasgó el aire mientras corría hacia ella. Pero era demasiado tarde.
Su esposa, el amor de su vida, se había ido.
El dolor era insoportable.
Pero entonces, todo se desvaneció.
Un parpadeo.
Un salto en el tiempo.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la calle. No había sangre, no había muerte.
Estaba en la universidad.
El bullicio de los estudiantes llenaba los pasillos. Miró sus manos, intactas. Buscó desesperado a {{user}}, y cuando la vio, su corazón se detuvo.
Estaba viva.
Sin pensarlo, corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo fuerte, desesperado.
—Dios… —susurró con la voz quebrada—. No puedo creer que estés aquí.
{{user}} se quedó rígida.
—¿Qué te pasa, idiota? —lo empujó con el ceño fruncido—. ¿Acaso te golpeaste la cabeza o qué?
La miró con una mezcla de alivio y horror.
No solo había vuelto en el tiempo.
Había regresado a cuando aún se odiaban.
Pero no importaba.
Él tenía diez años para salvarla.