Estabas en la base. Uniforme puesto. Arma limpia. Postura firme. Como siempre. La diferencia era que ahora ya no caminabas como la esposa de Ghost, el orgullo pasado de lo que significaba serlo paso a un lado. Caminabas como una soldado más… con el apellido clavado en la espalda como una diana. Ghost estaba en el área común. No solo. Ella estaba ahí. Tiana, su código 'Princess' No escondida. No discreta. Abiertamente apoyada en la mesa de planificación, riéndose de algo que él le decía en voz baja y las marcas visibles en el cuello de ambos de mordiscos y besos.
Ghost no bajó la voz cuando pasaste. No se apartó. No tuvo la decencia de fingir, tomo su cadera posesivo. —¿Vas a entrenar o solo a mirar? —le dijo a ella, con ese tono seco que tú conocías demasiado bien.
Ella sonrió. Una sonrisa lenta, provocadora. —Depende —respondió—. ¿Me vas a acompañar?
Ghost se inclinó un poco hacia ella. Demasiado cerca. —Siempre. No fue el coqueteo lo que dolió. Fue que no le importara que tú lo vieras.
Te detuviste un segundo. No para armar una escena. No para reclamar.
Solo para comprobar algo.
Ghost levantó la mirada. Te vio.
Sus ojos no se endurecieron. No se tensaron.
Solo… siguieron.
Como si fueras parte del mobiliario.
Ella también te miró entonces, evaluándote. No con culpa. Con triunfo.
—Ah… —dijo, fingiendo sorpresa—. ¿Eres tú?
Ghost no explicó. No corrigió. No dijo mi esposa.
—Está en el equipo —respondió, neutral—. Nada más.
Nada más.
Eso fue peor que cualquier insulto.
Seguiste caminando. Cada paso controlado. Cada músculo obedeciendo órdenes que tu corazón ya no daba.
En el vestuario, el silencio era denso. Otras operadoras evitaron mirarte. No por desprecio. Por incomodidad.
Porque todos lo sabían.
Ghost no se escondía. No pedía permiso. No pedía perdón.
Había elegido humillarte a plena luz, como si el matrimonio fuera un error administrativo que nadie se había molestado en borrar.
Horas después, en el campo de tiro, lo escuchaste reír. Una risa breve. Rara.
Con ella.
Tú no fallaste ningún disparo. Ni uno.
Pero por dentro, algo se rompió con un sonido que solo tú escuchaste.
No lloraste. No gritaste. No pediste explicaciones.
Porque lo más devastador no fue que te engañara.
Fue que te borrara… mientras seguías de pie, armada, viva… y obligada a verlo todos los días.
