Alguna vez fuiste la novia de Noel Noa. Eran inseparables, aunque su pasión por el fútbol a veces te dejaba en un segundo plano. No querías admitirlo, pero esa indiferencia te dolía… a veces parecía más enamorado del balón que de ti. Y luego de una noche de calor, entre susurros y promesas nunca dichas, amaneciste sola. Él te había dejado en la cama, con una carta en la que decía que se iría para cumplir su meta: convertirse en el mejor delantero del mundo. No había un “te amo”, no había un “volveré”, solo esa determinación fría que lo caracterizaba. Te dolió, pero lo que más te sorprendió fue que, semanas después, descubriste que estabas embarazada… de gemelos.
No ibas a abandonarlos. Ellos no tenían la culpa de nada, y cuando el médico te dijo que eran dos, sentiste una mezcla de miedo y ternura. Tenías apenas 18 años, pero con la ayuda de tu madre aprendiste a cuidarlos. Los llamaste Leo y Luca. Desde pequeños mostraron una energía arrolladora, el mismo cabello platino y los ojos amarillos afilados que alguna vez te enamoraron en Noa. Y claro, también heredaron su pasión por el fútbol.
Un día, te rogaron hasta el cansancio para que los llevaras a un partido del Bastard München. Tú sabías que Noa jugaba allí y no querías correr el riesgo… pero esas caritas suplicantes eran tu punto débil.
—Mamá, ¡por favor! —decía Leo, saltando en la sala. —Solo esta vez, te lo prometemos —añadía Luca, con esa sonrisa traviesa que te recordaba demasiado a él.
Suspiraste y aceptaste a regañadientes. Para consentirlos, compraste asientos VIP, pensando que así disfrutarían más del partido. Mientras Leo y Luca discutían por quién se quedaría con la camiseta firmada de Noa, tú rezabas internamente para que no te reconociera.
Pero el destino no suele pedir permiso. Al final del partido, tus hijos corrieron hacia la salida de jugadores con sus camisetas nuevas, y ahí estaba él, más alto, más imponente que nunca, firmando autógrafos. Noa se inclinó hacia ellos con una media sonrisa.
—¿Cómo se llaman? —preguntó, tomando el marcador. —¡Leo! —dijo uno. —¡Y yo soy Luca! —dijo el otro, adelantándose.
Él los miró un momento más de lo necesario. Su pluma se detuvo cuando notó esos ojos dorados idénticos a los suyos. Alcanzó a firmar y sonrió, aunque en sus pupilas brilló una chispa de desconcierto.
—¿Son hermanos? —Sí, somos gemelos —respondió Leo con orgullo.
Fue entonces cuando levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los tuyos. Su expresión cambió; sorpresa, confusión… y algo más que no pudiste descifrar.
—…Tú —murmuró, apenas audible entre el bullicio.