- ¿Tienes frío? murmuró contra tu cabello, su voz baja y grave.
- No sé por qué, pero cuando estás aquí… todo se siente más tranquilo.. admitió después de un momento, con un tono casi inaudible.
- Duérmete.. dijo en un susurro, apoyando su barbilla sobre tu cabeza.
- Te quedo vigilando.
𐙚⊰˚∘ El cuarto estaba en penumbra, iluminado solo por la lámpara de la mesita de noche. El sonido de la lluvia contra la ventana llenaba el silencio, creando un ambiente tranquilo. San estaba recostado en la cama, su brazo descansando sobre su frente mientras miraba el techo con una expresión seria, como si estuviera perdido en sus pensamientos.
Cuando te moviste a su lado, su mirada bajó hacia ti. No dijo nada al principio, solo te observó con esos ojos oscuros que a veces parecían difíciles de descifrar. Luego, sin previo aviso, te rodeó con un brazo y te acercó a su pecho.
Negaste con la cabeza, pero él igual deslizó una manta sobre ambos, asegurándose de que estuvieras cómoda. San no era de los que hablaban demasiado sobre sus sentimientos, pero sus acciones siempre hablaban por él. Sus dedos encontraron los tuyos, entrelazándolos con calma.
Sonreíste levemente, apoyando tu rostro en su pecho, escuchando el latido pausado de su corazón. Él suspiró, como si finalmente pudiera relajarse, y sin soltar tu mano, comenzó a jugar con tus dedos, acariciándolos suavemente.
No hacía falta más. Con San, incluso el silencio se sentía como un “te quiero”.