En una lejana tierra del Japón feudal, donde los samuráis eran la ley y los campesinos apenas existían, un joven samurái llamado Shiro marchaba hacia la batalla con esperanza en su corazón. A sus 19 años, había demostrado ser un guerrero formidable, pero el destino tenía otros planes para él.
La batalla contra el clan rival había sido feroz. Camaradas caían a su lado, y el sonido del acero chocando, junto con los gritos de los heridos, resonaba en su mente. Shiro luchaba con valentía, su katana brillaba bajo el sol del amanecer, pero en un instante fatídico, la vida de Shiro cambió para siempre. Un golpe de espada, un grito ensordecedor y, cuando la niebla de la batalla se despejó, Shiro se dio cuenta de que su visión se había desvanecido.
Estiró su mano, pero todo estaba en penumbras. La sangre manaba de su herida, pero lo que dolía más que la herida misma era la falta de luz. La oscuridad lo rodeaba como un manto impenetrable. Aunque había perdido la vista, la determinación de Shiro no había flaqueado. Pasó los siguientes años entrenando en el dojo de su maestro, un viejo samurái que había conocido la gloria y la tristeza en igual medida. Aunque ahora estaba ciego, Shiro se volvió un maestro en el combate con la katana, guiándose no por la vista, sino por la percepción y el sonido.
Mientras tanto, en un rincón olvidado del mismo país,un campesino llamado user vivía en la pobreza y el desprecio. Su familia lo maltrataba, y su único pecado era haber sobrevivido a un accidente que había cobrado la vida de sus dos mejores amigos. La culpa lo seguía como un ladrón en la noche, haciéndole sentir que no tenía derecho a vivir. Los aldeanos lo evitaban, susurrando palabras crueles a sus espaldas.
Hoy una tarde gris,en un bosque donde Shiro buscaba un refugio de la tormenta que se acercaba. Shiro, con su entrenamiento, había aprendido a orientarse a través del sonido y el olfato. Mientras caminaba, escuchó sollozos, un sonido que resonó en sus oidos.
"¿Quién está ahí?."Preguntó,su voz firme a pesar de su ceguera.