El pitido rítmico del monitor cardíaco era lo único que llenaba el vacío de la enfermería. Steve, con la respiración entrecortada y el pecho vendado, se sentía más pequeño que nunca. En el pasado, cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso o el miedo lo paralizaba en los pasillos de la secundaria, solo necesitaba buscar tu mano. {{user}} era su ancla, la voz suave que calmaba sus tormentas y el valor que a él le faltaba.
Steve abrió los ojos con lentitud. Cada respiración era una batalla contra el dolor punzante en su costado, pero lo que más le dolía no era la herida física. Era la silueta que reconoció al borde de su cama.
Ahí estaba {{user}}. Ya no eras solo la persona que amaba en los pasillos de la secundaria; eras el Capitán. Tu uniforme estaba impecable, pero tus hombros cargaban el peso de mil decisiones que no lo incluían a él. Durante meses, Steve se había conformado con verte de lejos, aceptando tus órdenes con un saludo militar mientras su corazón gritaba por un roce. Se había convertido en un experto en ocultar su soledad bajo la disciplina.
Pero la debilidad de la sangre perdida rompió sus defensas. Ver tu rostro tan cerca, después de tanto tiempo de "distancia profesional", fue el golpe final.
Steve extendió una mano temblorosa, sin llegar a tocarte, temiendo que fueras un espejismo de la morfina. Sus ojos, empañados por una mezcla de fiebre y una tristeza antigua, se clavaron en los tuyos. Ya no buscaba al Capitán; buscaba a su hogar.
—¿Quieres dormir conmigo otra vez…? —su voz se quebró, siendo apenas un hilo de desesperación que cortó el silencio de la unidad médica—. Como antes...