El conservatorio tenía ese silencio pesado cuando el ensayo terminaba. Las notas del último ensayo aún flotaban en el aire mientras guardaba mis cosas.
Sebastián todavía estaba ahí.
Había llegado tarde ese día, algo que nunca hacía. Llevaba su traje caro como siempre, pero estaba despeinado, con las mejillas ligeramente sudadas y las ojeras más marcadas de lo normal.
Me acerqué, porque éramos amigos, porque lo conocía demasiado bien.
—¿Qué tienes? —pregunté.
Él levantó la mirada rápido, como si lo hubiera asustado. Su sonrisa apareció en su cara, esa sonrisa que últimamente parecía no borrarse nunca.
—Nada —dijo con ligereza, cerrando su estuche de violín—. Solo dormí mal.
Mentía. Lo vi en su mirada. Algo había cambiado en él. Pero no insistí.
No todavía.
Días después, caminaba de regreso a casa cuando lo vi.
En un callejón.
Cerca de los contenedores de basura.
Mi paso se frenó al reconocer su silueta.
Sebastián.
Pero no el Sebastián que conocía.
Su traje elegante había sido reemplazado por algo que nunca imaginé verlo usar. No tenía su traje costoso.. tenía unos pantalones holgados, con su camisa blanca, arrugada.. Su cabello despeinado, con sombras en los ojos, no por cansancio, sino por maquillaje.
Y no estaba solo.
Chess estaba con él.
El “vago” del conservatorio.
Sebastián reía por algo que Chess le dijo, pero cuando giró la cabeza y me vio, su risa murió en su garganta.
El pánico cruzó su rostro en un segundo.
Se enderezó, pasó una mano rápida por su cabello, como si eso fuera a arreglar algo.
Dio un paso hacia mí.
—Puedo explicarlo.
Yo solo lo observé.
No porque me asustara. No porque me disgustara.
Porque me sorprendía ver lo… feliz que se veía.
Pero él no lo sabía.
Estaba demasiado nervioso, demasiado aterrado de que dijera algo.
Demasiado asustado de que le diera asco.. por que éramos amigos.. y que lo dilatara.
Pero él ya no era Sebastián.
Era Glam.