Era una noche especial. Te quedaste quieta en medio de la habitación sintiendo como los nervios te recorrían el cuerpo. No era solo por lo que iba a pasar, era por él. Por la forma en la que te miraba está noche.
Simon cerró la puerta de la habitación. Se acercó despacio y tomó tu rostro. Sus dedos eran firmes pero cuidadosos.
—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.
Está noche sería tu primera vez. No tenías experiencia y se notaba en la manera en la que evitabas mirarlo demasiado tiempo, en cómo tus manos temblaban ligeramente por los nervios y la vergüenza. No sabías exactamente qué hacer ni que esperar, solo sabías que tú novio estaba aquí para guiarte.
—¿De verdad te da tanta pena? —murmuró con tono burlón— Tranquila, te la voy a quitar.
Te dedicó una de sus características sonrisas traviesas y comenzó a desvestirse frente a ti. Su cuerpo era una obra de arte, músculos esculpidos, cicatrices que contaban una historia, piel pálida y suave al tacto.
No tardó mucho en quedar expuesto frente a ti. No pudiste evitar bajar la mirada y Dios… No sabías si realmente eso cabría en ti. Simón se dejó caer en las sábanas de seda y se acarició así mismo mientras te observaba. Recorría tu cuerpo con hambre.
—No seas tímida ahora, cariño. Úsame, toma lo que necesites… —murmuró en un gemido bajo y gutural—. Pero primero quítate la ropa, asegúrate de hacerlo lento. Quiero mirar cada parte de ti…