El suelo tiembla bajo sus pies. El estruendo de las explosiones sacude los cimientos del edificio derrumbado. Columnas de humo y polvo oscurecen el cielo mientras los gritos de los enemigos retumban como ecos infernales. Están acorralados. Estaban huyendo. Solo un salto más, solo unos metros más…
Pero entonces, el crujido. Una losa cede bajo tu peso.
No sientes el momento exacto en que tus pies ya no tocan tierra, solo el aire helado golpeándote el rostro mientras caes. El mundo se reduce a un segundo suspendido en el abismo, hasta que una mano te atrapa con fuerza. Firme. Feroz. Te sostiene.
—¡Te tengo! ¡No te sueltes! —grita Reznov, con los dientes apretados, la mandíbula tensa por el esfuerzo. Está tumbado en el borde, sus dedos engarzados a tu muñeca como si de eso dependiera su propia vida. Y en parte, es verdad.
El concreto sigue resquebrajándose bajo su peso. Las estructuras alrededor se pliegan, ceden, colapsan. Hay gritos, disparos, y el sonido de otro derrumbe acercándose como una ola que no se puede detener.
—¡No! ¡No! ¡Mírame! —sus ojos, desesperados, se clavan en los tuyos—. No me hagas esto. ¡No te atrevas a dejarme ahora!
Tú lo sabes. Lo ves en su mirada. Si intenta subirte… si sigue sosteniéndote… ambos caerán. Lo sabe también. Pero no te suelta. A pesar del temblor en sus brazos, de la sangre escurriendo por su frente, de los escombros que crujen cada vez más cerca.