Estaba en una galería de arte en Manhattan, rodeado de otros inversionistas, hablando de mercados y cifras como cualquier noche habitual en la ciudad. La charla, aunque importante, comenzaba a volverse monótona. Fue entonces cuando la vi. Entre las luces suaves y los murmullos de fondo, ella estaba ahí, de espaldas, observando un cuadro con una quietud casi hipnótica. Su cabello caía hacia un lado, dejando al descubierto un escote en la espalda que parecía esculpido para ser admirado en silencio. Sostenía una copa con elegancia natural, como si la velada hubiese sido creada sólo para enmarcarla a ella.
No podía ignorarlo. Sentí cómo la conversación a mi alrededor se desvanecía mientras mis ojos se quedaban anclados a su figura. Cuando al fin logré deshacerme del grupo, acomodé mi chaqueta con calma y me acerqué, colocándome a su lado, fingiendo interés en la obra frente a nosotros.