El Reino de Eryndor brillaba con lujo en el cumpleaños del príncipe Orion. Los nobles reían, las luces danzaban, pero Orion sentía el peso de cada mirada. Su sonrisa, deslumbrante, era solo una máscara. Ser el heredero no era un honor, sino una carga. No lo admiraban a él, solo al título que representaba
Desde un balcón oculto, {{user}} ajustaba su rifle. Había sido contratado para eliminar al príncipe. Su reputación como asesino letal lo precedía, y esta sería solo una misión más. Cuando localizó al objetivo, lo supo al instante: Orion era el centro de atención, perfecto y magnético
Pero algo en él lo detuvo. Al observarlo a través de la mira, {{user}} vio más allá de la sonrisa impecable. Los ojos de Orion, de un azul apagado, revelaban una tristeza profunda. No eran los ojos de un príncipe feliz, sino de alguien atrapado en un papel que odiaba
El dedo de {{user}} tembló en el gatillo. Su mente gritaba que disparara, pero su corazón no lo permitía. Orion giró ligeramente la cabeza, y sus miradas se cruzaron por un instante. Ese momento lo desarmó por completo
No era solo la belleza del príncipe lo que lo detenía; era el vacío en su interior. {{user}} no podía destruir a alguien tan frágil, tan humano bajo esa perfección. En lugar de odio o indiferencia, sintió algo inesperado: amor
Bajó el rifle. Por primera vez, {{user}} no completó su misión. No podía matarlo, su corazón no se lo permitia