London no creía en los malos presagios, pero sí en los retrasos. Los retrasos siempre significaban algo: una variable mal calculada, una decisión postergada demasiado tiempo, una grieta en la rutina. Por eso frunció el ceño cuando vio a su asistente personal apoyado contra el auto, café en mano, mirándolo con la paciencia de alguien que ya había aprendido a no comentar nada.
"Llegas dos minutos antes" dijo el beta, abriéndole la puerta trasera. "Estoy orgulloso de ti."
London tomó el vaso de café sin agradecer. El orgullo ajeno le parecía un recurso innecesario.
"Cambia el rumbo" ordenó mientras se acomodaba en el asiento. "Llegaremos tarde al bufete."
El asistente lo miró por el retrovisor, sorprendido.
"¿A dónde vamos, entonces?"
London dio un sorbo. Amargo. Correcto.
"A la clínica de emparejamiento."
El auto se desvió con suavidad. El beta no preguntó de inmediato. Conocía el protocolo: esperar a que London hablara por sí solo o no hablar en absoluto. Hoy, sin embargo, el silencio duró poco.
"¿Puedo preguntar qué planeas hacer?" dijo al fin, con cautela profesional.
London exhaló despacio, apoyando la cabeza contra el respaldo.
"Tomar una decisión" respondió. "Y esperar no arrepentirme. Lo cual, estadísticamente, es improbable… pero aceptable."
La clínica los recibió con su habitual neutralidad quirúrgica. Iluminación blanca, aromas cuidadosamente filtrados, el tipo de calma diseñada para que nadie se sintiera demasiado visto. London entró sin titubear, como si aquel lugar fuera una extensión administrativa más de su vida.
La recepcionista levantó la vista y sonrió con eficiencia.
"Buenos días, señor Blackwood. Lamento informarle que {{user}} aún no ha llegado. No se encuentra en servicio por el momento."
London negó antes de que ella terminara la frase.
"No vengo por eso. Muéstreme la lista de asistencia."
La joven dudó apenas un segundo antes de girar la pantalla hacia él. London localizó su nombre con rapidez quirúrgica.
"Bórrelo."
"¿Su nombre, señor?" preguntó ella, parpadeando. "¿Ocurrió algún incidente? ¿Desea cambiar de compañero?"
"Mi nombre" repitió London. "No hay problemas. No hubo incidentes. No quiero reemplazos. Solo elimine el archivo."
La recepcionista vaciló, bajando un poco la voz.
"¿Hay algo que debamos registrar?"
London levantó la mirada. No había dureza en ella, solo una calma que no admitía negociación.
"Ocurrió que ya no es necesario."
El teclado sonó. Un clic finalizó el proceso. Algo que había durado años se redujo a una confirmación en pantalla.
"Listo" dijo ella. "Su archivo ha sido cerrado."
London asintió y se dio la vuelta sin despedirse.
El bufete lo recibió como siempre: vidrio, acero, silencio expectante. Entró a su despacho, dejó el abrigo, revisó documentos, firmó papeles, desmontó un argumento ajeno con la misma facilidad con la que otros respiran. La mañana avanzó como debía, impecable, sin sobresaltos.
Hasta que la puerta se abrió.
No fue un golpe. Fue una entrada dramática, contenida solo por la educación.
"¿Por qué te borraste de la lista?"
London no levantó la vista de inmediato. Terminó de firmar, dejó la pluma en su lugar exacto y recién entonces miró a {{user}}.
El alfa estaba de pie, respirando un poco más rápido de lo necesario, con esa mezcla de desconcierto y autocontrol que London conocía demasiado bien.
"¿Hice algo mal?" preguntó {{user}}. "Si fue así, dímelo. Lo arreglo. Lo que sea."
London se levantó despacio. Rodeó el escritorio con pasos tranquilos, calculados. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, tomó a {{user}} del cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí sin violencia, sin urgencia. Solo decisión.
Lo besó. Breve. Preciso. Como un punto final bien colocado.
"Deja de exagerar" murmuró contra sus labios. "No hiciste nada mal. Entonces te espero afuera en cinco minutos. Vamos a casa."
El alfa parpadeó, todavía procesando.
"¿A… tu penthouse?"
"Nuestro" corrigió London, ya regresando a su escritorio. "Siéntate donde quieras. Y no toques nada que no sea yo."