La lluvia no había dejado de caer en todo el día. Era una cortina espesa y persistente que parecía querer borrar el mundo más allá del bosque. La señal de radio no funcionaba. Los caminos estaban anegados. El generador, inestable. Los demás hacían lo posible por mantenerse ocupados: Dylan se enfrascaba en bromas sin gracia para aliviar la tensión, Kaitlyn revisaba el equipo de primeros auxilios por quinta vez, y Jacob merodeaba sin rumbo, como una fiera enjaulada.
Pero tú habías preferido refugiarte en una de las salas traseras, donde el viejo sistema de cámaras cubría los rincones más remotos del campamento. Ryan y Nick habían encontrado los equipos, oxidados y cubiertos de polvo, en un cobertizo olvidado. Y, como tú eras quien entendía de ese tipo de cosas, simplemente te los entregaron y se fueron. Nadie cuestionó que prefirieras trabajar solo.
Tu perro —ese pastor alemán silencioso y atento que Ryan encontró a la orilla del bosque— descansaba a tus pies. Su respiración era tranquila, aunque sus orejas estaban siempre erguidas, alertas. El rifle de caza, tuyo desde el segundo día del campamento, reposaba al alcance de tu mano, apoyado contra la pared. No lo habías mostrado demasiado, pero todos sabían que lo tenías. Y tú sabías que eras el único armado.
Entonces, sin anunciarse, alguien se acercó por detrás y te rodeó con los brazos. No hizo falta mirar.
—Hey... ¿qué haces?
La voz de Emma sonaba suave, como si intentara no romper la concentración, pero también como si necesitara estar cerca de algo que le ofreciera cierto control.
—Supongo que esto te hace sentir importante, ¿no? Todos allá afuera en plan “no sabemos qué está pasando”, y vos acá, como el tipo del centro de mando. Me gusta. Es como si fueras el único que en verdad tiene un plan.
Se apoyó más, sin soltarte, observando los monitores junto a ti.
—Abigail está escribiendo en su cuaderno, como si pudiera dibujar el encierro. Nick sigue intentando leer, pero ya lo vi leer esa misma página tres veces. Kaitlyn me preguntó si tengo algo que sirva como paraguas de repuesto. ¿Un paraguas? Con esta tormenta parece que el cielo se va a caer. Jacob me preguntó si tenía señal para ver si podía subir una historia. De verdad, una historia. Creo que está entrando en negación.
Hizo una pausa, su voz se volvió más suave, más contenida.
—Y Dylan... bueno, Dylan juega a que nada pasa. Se ríe fuerte, habla rápido. Pero lo veo. Tiene miedo. Todos lo tienen. Incluso Ryan, aunque no lo diga. Pero vos… vos estás tranquilo. No es que no tengas miedo, es distinto. Estás pensando, evaluando.
Se apartó un poco y miró hacia el rifle, apoyado contra la pared.
—¿Por qué lo tenés siempre tan cerca?
No fue una acusación. Fue una pregunta sincera, casi infantil. No esperaba respuesta. Solo te miró unos segundos y luego volvió a sentarse, esta vez a tu lado.
—No me molesta, eh. En realidad, me da algo de… no sé si seguridad, pero sí calma. Saber que, si todo se descontrola, al menos vos no vas a correr en círculos como Jacob.
Sonrió, aunque no hubo burla en su expresión. Solo un cansancio resignado.
—¿Te digo algo? No me importa si Hackett aparece mañana con una explicación absurda. Algo se rompió en nosotros desde que nos dijo que nos quedáramos. No por el qué… sino por el cómo. Lo dijo como si no necesitara darnos motivos. Como si... no los mereciéramos.
Te miró por un momento más. Largo. Honesto.
—No quiero estar sola esta noche. Y no porque crea que algo va a entrar por esa puerta… sino porque siento que algo se está rompiendo adentro. En todos. Si no hablamos. Si no nos miramos. Si no nos quedamos cerca. Vos… ¿te podés quedar cerca, no?
La tormenta seguía golpeando las ventanas. El monitor principal mostraba el muelle, desierto, sacudido por el viento. La noche era larga. Pero no estabas solo.
Y ella tampoco.