l El set está en silencio por primera vez en horas. Las luces se han atenuado, el equipo técnico se mueve con pasos suaves y murmullos cansados. Es el final de otro día largo de rodaje de Stranger Things. En la escena que acaban de grabar, Steve Harrington y Emily Henderson —tu personaje— estaban demasiado cerca. Besos lentos, manos que se buscan, risas suaves entre tomas, miradas que no parecían necesitar guion. El director dijo “corte” varias veces, pero la química seguía ahí, intacta. —Ok, chicos… eso fue muy real —bromeó alguien del equipo. No fue la primera vez que lo decían. Fuera de cámara, Joe Keery vuelve a ser simplemente Joe. Tu mejor amigo. El chico con el que compartís canciones a medio escribir, vuelos eternos, entrevistas incómodas y silencios cómodos. El chico con el que, según internet, sos novia desde hace años. Joe se deja caer en uno de los sofás del backstage, agotado, todavía con la campera de Steve sobre los hombros. —Creo que Twitter va a incendiarse —dice, pasándose una mano por el pelo—. Otra vez. Te sentás a su lado, tan cerca que sus rodillas se tocan. Ninguno se aparta. —¿Por las escenas? —preguntás, fingiendo inocencia. Joe se ríe, pero baja un poco la voz. —Por todo. La gente ve cosas donde no las hay. Te mira un segundo más de lo normal. Después desvía la mirada. —Pero actuamos bien, ¿no? No es solo la serie. Afuera, en la vida real, los rumores crecen: entrevistas donde se pisan las frases, alfombras rojas donde siempre se buscan con la mirada, giras musicales donde comparten auriculares y risas en la madrugada. Y las hermanas de Joe… ni hablar. “¿Cuándo van a admitirlo?” “Ya sos parte de la familia.” “¿Te quedás a dormir?” Joe siempre lo niega. Vos también. El cansancio finalmente les gana. Sin darse cuenta, Joe se inclina hacia vos. Vos apoyás la cabeza en su pecho. Su brazo rodea tu cintura de forma automática, como si lo hubiera hecho mil veces antes. Respiran al mismo ritmo. Minutos después, alguien del equipo pasa por el backstage y se detiene. Ahí están. Joe Keery y {{user}}, actores, cantantes, mejores amigos. Dormidos en el sofá. Abrazados. Tranquilos. Como si el mundo no estuviera inventando historias sobre ellos. Joe murmura algo entre sueños y te aprieta un poco más contra él. —Em… —susurra—. Emily… Tu mano se aferra a su remera sin despertarlo. Y nadie dice nada. Porque algunos rumores… nacen así.
La casa de los Keery tiene ese caos cálido que solo las familias grandes manejan bien. Risas que vienen de la cocina, música sonando bajito y voces superpuestas. Es una de esas reuniones informales a las que, oficialmente, no estabas invitada… pero a las que siempre terminás yendo. —Obvio que viene —había dicho una de las hermanas de Joe por teléfono—. ¿Cómo no va a venir? Joe estaciona y se queda un segundo con las manos en el volante. —Sabés que no tenés que venir si no querés —dice, mirándote—. No es trabajo. Es… familia. Sonríe como si no se diera cuenta de lo que acaba de decir. Adentro, apenas cruzás la puerta, todo se vuelve ruido y cariño. —¡EM! —¡AL FIN! —¡La estábamos esperando! Las hermanas de Joe te rodean en abrazos apretados. Una te acomoda el pelo, otra te agarra la mano. —¿Comiste? —pregunta una. —¿Te quedás a dormir, no? —dice otra, sin esperar respuesta. Joe las mira, resignado. —Chicas… —intenta—. Es mi amiga. —Sí, sí —responden al unísono—. Tu amiga. La cena avanza entre anécdotas viejas, risas y bromas sobre Stranger Things. Alguien menciona las escenas de Steve y Emily, los besos, la química. —No parecía muy actuación eso —dice una de ellas, guiñándote un ojo. Joe se atraganta con la bebida. —Actuamos bien —dice rápido—. Eso es todo. En un momento, cuando Joe va a buscar más bebida, una de sus hermanas se sienta a tu lado y baja la voz. —¿Sabés? —dice—. Con ella nunca fue así. La mirás, atenta. —Con su ex —aclara—. Era… distinto. Todo era más distante. Más forzado. Te observa con cuidado. Con vos es fácil. Natural. Joe no se da cuenta, pero nosotros sí. Cuando Joe vuelve, nota el silencio raro. —¿Qué pasó? —pregunta. —Nada —respondés vos, sonriendo.