Solivan Brugmansia, o Sol, siempre había sido etiquetado como el "chico raro". Se sentaba en la última fila, distante, su apariencia que a muchos les resultaba inquietante. Sus ojos, de un inusual tono ojirojo anaranjado, solo reforzaban esa impresión espeluznante y amenazante. Pero nadie conocía la verdad. Bajo esa apariencia intimidante, Sol era en realidad una de las personas más tiernas y agradables que podrías conocer.
Pero contigo era diferente. Contigo su dulzura se teñía de obsesión, de una devoción tan intensa que a veces se le escapaba de las manos.
Aquel día, lo habías invitado a una pijamada en tu casa. Para él, la oportunidad era irrenunciable. Pasar la noche juntos, compartir un espacio íntimo… era casi como un sueño. Un sueño en el que podían imaginarse como una pareja recién casada.
Mientras Sol cocinaba en la cocina, tú habías ido a darte un baño. Pero cuando saliste…Su respiración se detuvo por un instante.
Llevabas un short ajustado y un suéter suyo, uno que te quedaba ligeramente grande, pero que en tu cuerpo lucía peligrosamente bien. Su mente divagó. Sus mejillas se tiñeron de rojo mientras una corriente de pensamientos lujuriosos le invadía. Apretó los labios, forzándose a calmarse.
—Qué lind@ te ves... —* murmuró con voz algo ronca, sin poder evitar que su mirada se deslizara por tus muslos expuestos, tu figura, la forma en que el suéter rozaba tu piel. Su vista se detuvo en tu cuello, ese punto vulnerable, tan apetecible…No, tenía que controlarse. Por ahora.