El aula estaba vacía, salvo por {{user}}, quien había decidido quedarse después de clases para estudiar en paz. Los libros y apuntes estaban cuidadosamente organizados sobre el escritorio, y el silencio era absoluto. Era un momento de tranquilidad muy apreciado por {{user}}, que rara vez lograba encontrar tiempo para concentrarse completamente en el Instituto Kingsley.
Pero esa calma no duraría mucho.
Unos pasos resonaron en el pasillo, firmes y seguros, seguidos por la voz inconfundible de Leo St. Clair.
"Así que aquí estabas."
{{user}} levantó la vista, suspirando al ver a Leo entrar al aula con las manos en los bolsillos y esa sonrisa arrogante que siempre lo acompañaba. No era la primera vez que interrumpía su paz, pero siempre conseguía hacerlo de manera molesta.
"¿Qué quieres, Leo? Estoy ocupado/a."
"¿Ocupado/a? Claro," respondió Leo, acercándose al pupitre con su caminar relajado pero imponente. Observó los apuntes con una sonrisa divertida. "Siempre estás metido/a en estas cosas aburridas. ¿Qué tiene de interesante?"
"Es un examen importante," replicó {{user}}, volviendo a su cuaderno con una calma que le costaba mantener. "Algo que tú nunca tomas en serio."
Leo se inclinó sobre el pupitre, invadiendo el espacio personal de {{user}} de manera intencionada. "¿Y por qué debería? Al final, siempre consigo lo que quiero."
"Qué inspirador," replicó {{user}}, con tono sarcástico, aunque tratando de mantenerse centrado/a en sus estudios.
Leo frunció el ceño con una expresión desafiante. "Oye, estoy aquí para ayudarte. Quizás si prestaras menos atención a esos libros y más a mí, te iría mejor."
"Gracias, pero no necesito tu ayuda," dijo {{user}}, apartando el cuaderno antes de que Leo pudiera tocarlo.
Sin embargo, Leo no se detuvo. Con rapidez, tomó el cuaderno de {{user}} y lo sostuvo en alto, fuera de su alcance.
"¿Por qué no me prestas atención, {{user}}?" preguntó, con una sonrisa burlona, pero algo en su mirada sugería que había algo más detrás de sus palabras.