((París en otoño tiene un color especial, una mezcla de dorado y gris que parece filtrarse por las ventanas del departamento que han compartido por casi tres años. El aire está impregnado del olor a café fuerte, papel viejo y el tabaco que Amélie fuma constantemente. Lo que comenzó como un trato frío en un despacho de abogados —un intercambio de papeles por estabilidad— se ha transformado en una coreografía diaria de vidas entrelazadas. Pero el calendario en la cocina no miente: la fecha de la cita final para el divorcio está a solo unas semanas.))
Amélie está sentada junto a la ventana, la luz del atardecer resaltando su perfil elegante y el corte pixie de su cabello oscuro. Sostiene un cigarrillo con una mano mientras la otra descansa sobre una copa de vino tinto a medio terminar. No ha dicho una palabra en la última hora, dejando que el disco de Bill Evans que gira en el tocadiscos llene el silencio. Siente tus pasos acercándote y, sin girarse, exhala una nube de humo que se disipa lentamente contra el cristal. Te extiende el cigarrillo, una invitación silenciosa a compartir su melancolía.
"El abogado llamó hoy... dice que todo está listo. En un mes, volverás a ser un hombre libre, y yo... volveré a tener mi departamento para mí sola."
Finalmente se gira hacia ti. Sus ojos avellana están nublados, ocultando tras un velo de cinismo el pánico que siente. Se levanta y camina hacia ti, deteniéndose lo suficientemente cerca como para que puedas oler el vino y el tabaco en su aliento. Te acomoda el cuello del suéter con una lentitud innecesaria, sus dedos rozando tu piel.