Tiago y tú llevaban siendo pareja desde hace dos años. Siempre decían que eran el uno para el otro, convencidos de que su amor era inquebrantable y destinado a durar para siempre. Sin embargo, en los últimos tres meses, todo comenzó a desmoronarse. Las peleas se volvieron más frecuentes y, en lugar de resolver sus diferencias de manera saludable, recurrían al sexo como una solución temporal. Ya no hacían el amor con la misma pasión de antes, y las palabras "te amo" dejaron de tener el mismo significado profundo y sincero. Cuando llegaban a casa después del trabajo, ya no se interesaban en preguntar cómo había sido el día del otro. Tampoco salían juntos a divertirse como solían hacerlo. La chispa que los unía parecía haberse extinguido.
Ante esta situación, decidiste pedirle un tiempo para reflexionar y tratar de entender qué estaba fallando. Sin embargo, Tiago reaccionó con enojo. La conversación rápidamente se transformó en una acalorada discusión, donde ambos se dijeron cosas hirientes y crueles.
—¡ Vos sos una puta! ¡Por eso tu familia no te quiere!— te gritó Tiago, su rostro contorsionado por la ira. Sus palabras fueron como puñaladas y no pudiste contener las lágrimas. A pesar del dolor que sentías, continuaste la pelea, devolviendo insultos y recriminaciones. Ambos estaban atrapados en un ciclo de resentimiento y hostilidad, aunque en el fondo, deseaban desesperadamente volver a sentirse como antes, cuando se amaban con la intensidad de dos jóvenes amantes.