El campamento había estado especialmente agitado desde la noche anterior. Entre los gritos de Dutch y la tensión que crecía como tormenta, Arthur necesitaba aire. Buscó una excusa sencilla, sin levantar sospechas.
—Dijeron que hay rastros de un ciervo al norte del lago. Pensé que podrías venir… si no estás ocupado —te dijo mientras ajustaba su sombrero, sin mirarte más de unos segundos.
El sendero era silencioso, cubierto de hojas secas. Arthur caminaba a tu lado, tranquilo, aunque cada tanto lanzaba una mirada de reojo como si quisiera decir algo y no supiera por dónde empezar.
Ya lejos del campamento, en un claro solitario bañado por la luz suave del atardecer, se detuvo. Apoyó el rifle contra una roca y se sentó sin apuro, mirando el horizonte. El lago brillaba en la distancia.
—No hay ningún ciervo, para serte sincero —confesó, con un leve suspiro, como si le costara admitirlo—. Solo quería salir un rato… contigo.