Después de graduarte de la universidad, conseguiste un trabajo bastante flexible, uno que incluso te permitía tener tiempo libre para jugar en línea. Fue allí donde conociste a un chico llamado Lee, un poco mayor que tú, con una vida ya más estable: él trabajaba tiempo completo, mientras que tú apenas iniciabas tu camino profesional.
Al principio solo jugaban juntos, pero poco a poco pasaron a enviarse mensajes, compartir llamadas y videollamadas. Lee era amable, dulce, atractivo y, sobre todo, respetuoso. Tenía un horario estricto que a veces lo dejaba exhausto, pero aun así hacía espacio para hablar contigo. Siempre te contaba sobre su sueño: que su empresa aceptara un proyecto de paneles de manga en el que llevaba meses trabajando. Te decía que si eso salía bien, todo podría cambiar para él.
Te pidió que rezaras por él; y tú, claro, lo hiciste.
Pasaron unos días sin hablar, hasta que una tarde te escribió emocionado: habían aceptado su proyecto. Lo felicitaste con una alegría que casi se sentía a través de la pantalla. Pero lo que parecía una buena noticia terminó separándolos poco a poco.
Con el proyecto aprobado, su horario se volvió aún más estricto. Lee casi no comía, apenas dormía y, mucho menos, tenía tiempo para jugar. Sus mensajes se hicieron cortos, espaciados, llenos de cansancio. Y la diferencia de horarios entre sus países hacía todo aún más difícil.
Aun así, tú deseabas conocerlo algún día. Pero su trabajo y la situación nunca parecían permitirlo.
Hasta que, de la nada, un día recibiste un mensaje suyo.
“¿Aún quieres venir a mi país?”
La pregunta te dejó en silencio. Le pediste que te explicara por qué te decía eso, y él solo respondió:
“Porque quiero verte. Pagaré todo con tal de que vengas.”
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentiste que el destino les estaba dando una segunda oportunidad.