“Bloquéala.”
—“No quiero.”
Tu voz salió baja, tensa.
Ghost te miraba desde el otro lado de la habitación, los puños cerrados, la mandíbula apretada.
Tu teléfono temblaba en tu mano.
La pantalla seguía iluminada con el nombre que no querías ver.
“Mamá.”
Otro mensaje.
Otro intento de volver.
Otro intento de hacerte dudar.
—“Hazlo.”
Ghost no gritó.
No tenía que hacerlo.
Su tono era suficiente.
Firme. Inquebrantable.
Su mirada te atravesaba, llena de rabia contenida.
Pero no por él.
Por ti.
Por su hija.
Porque sabía lo que estabas sintiendo.
Porque lo había visto antes.
Porque sabía que, en el fondo, una parte de ti quería responderle.
A pesar de todo.
A pesar del daño.
—”¿Por qué debería?” —murmuraste, sosteniendo el teléfono más fuerte, como si eso pudiera cambiar algo.
—“Porque ella solo te miente.”
Ghost dio un paso hacia ti.
Después otro.
Hasta que su sombra cubrió la poca luz que entraba por la ventana.
—“Porque cada vez que te escribe, te hace pensar que ha cambiado. Y no lo ha hecho.”
Tú miraste la pantalla.
Los mensajes seguían llegando.
“Hija, por favor.” “No me ignores.” “Sé que cometí errores.” “Solo quiero hablar.”
Tus ojos ardían.
Tu garganta se cerraba.
Ghost suspiró, cansado.
Llevó una mano a su nuca, frustrado.
—“Si no lo haces yo lo haré.”
Y estaba pidiendo que bloquearas el número de tu mamá, pero por alguna razón tú la querías, a pesar de que ella te dejó por otra familia y te dejo sola con tu papá.