Unas semanas antes de alistarte decidiste salir con amigos, una despedida antes de la disciplina y la rutina que te esperaban. Todo iba normal: risas, tragos, música… hasta que un hombre rubio, de presencia imponente, atrapó tu atención. Cruce de miradas, complicidad inmediata.
Esa noche no hubo nombres, solo química. La conversación avanzó al mismo ritmo que el alcohol, y el coqueteo terminó siendo inevitable. Lo que empezó como juego acabó en algo más. Sin promesas, sin teléfonos, solo la certeza de que había ocurrido. Después, la vida siguió. El ejército te esperaba.
Lo que no esperabas era verlo otra vez. El mismo hombre del bar, ahora con uniforme y nombre: Stanley Snyder, el encargado de supervisar a los recién llegados.
Desde entonces, empezaste a evitarlo. Caminos alternativos, conversaciones cortadas, fingir estar ocupado cada vez que estaba cerca. Pero el problema de los lugares militares es que no existen muchos escondites.
Esa tarde, tras una práctica de resistencia, te escabulliste por los pasillos. Giraste rápido una esquina sin mirar y chocaste con alguien. El olor a tabaco y cuero militar te golpeó antes de que siquiera levantaras la mirada.
"Cielos…", la voz grave, inconfundible, resonó encima de ti. Alzaste la cabeza. Ahí estaba él. Stanley. No había enojo en su expresión, solo esa calma peligrosa y una ligera curva en la comisura de sus labios. "¿Acaso evitas a alguien, recluta?", preguntó, con un tono que parecía divertirse más de lo que le molestaba, como si hubieras caído directo en una trampa que él ya esperaba.