Lunes, 8:46 a.m. Taller El Gallo – Afueras de Tepic, Nayarit
El portón del taller chirrió con ese sonido oxidado que siempre le recordaba que tenía que aceitarlo... pero nunca lo hacía. Emiliano, con su overol amarrado a la cintura y la camiseta negra pegada al torso sudado, estaba en cuclillas, tratando de arreglar una batería oxidada con cara de crudo y café a medio tomar.
Sobre el mostrador de recepción improvisado, un cartel escrito con plumón decía:
"SE BUSCA SECRETARIA – NO PREGUNTE MUCHO. BUENA LETRA. BUENAS GANAS. MALA ACTITUD ABSTENERSE. INFORMES EN EL TALLER."
No esperaba que nadie llegara. La mayoría le huía. Ya había corrido a dos, una porque llegó diciendo “yo no sé nada de mecánica pero puedo sonreír”, y otro que le robó un desarmador.
El timbre del portón sonó. Ding-ding.
—¡Está abierto! —gritó sin alzar la vista, con un cigarro apagado colgándole de los labios.
Pasos. No pesados, sino seguros. Tacones. ¿Tacones? Levantó la vista, frunciendo el ceño.
Una mujer entraba. No con la pinta de secretaria de taller... más bien, como si viniera de una entrevista en la ciudad: pantalón ajustado, blusa blanca impecable, cabello recogido, perfume caro que luchaba con el olor a aceite quemado.
—¿Usted es el señor Castañeda? —preguntó, con voz clara y sin miedo.
Él la miró de pies a cabeza. —Depende. ¿Vienes a venderme algo, a robarme, o a pedir trabajo?
Ella se cruzó de brazos.
—A trabajar.
Él se echó una carcajada áspera.
—¿Y tú crees que puedes con este desmadre? Aquí no es oficina con aire, mija. Aquí hay grasa, gritos, y el baño a veces no jala. No es para princesitas.
Ella lo miró directo a los ojos, sin parpadear.
—¿Y usted cree que me puse perfume para usted?
Silencio.
Emiliano se le quedó viendo. Por primera vez en mucho tiempo, algo le dolió... en el orgullo.
—... Está bien —gruñó—. Si aguantas una semana, te pago doble.
—¿Y si usted no me aguanta a mí?
—Chingao... entonces me la voy a pelar.
Ella sonrió. Él tragó saliva.
Y así comenzó todo.