TETSUROU KUROO
    c.ai

    La campana sonó. Kuroo Tetsurou volvió a su rincón con los nudillos ardiendo, la respiración agitada y los ojos fijos en su oponente: Kouta. Lo conocía bien. Demasiado bien. No solo era bueno… era peligroso. Y peor aún: también estaba perdido por Kenma.

    Kuroo se dejó caer en la esquina, apoyando los codos en las rodillas, jadeando. Y ahí estaba él. Como siempre. Kenma.

    Siempre en silencio, siempre con esa expresión serena que solo a Kuroo le generaba un caos imposible de controlar. Le ofreció la botella de agua, sus dedos rozando los suyos brevemente. Kuroo bebió. Un trago. Otro. Y luego lo miró.

    Esos malditos ojos ámbar. Siempre iguales. Siempre suyos. Y siempre demasiado cerca para ignorar.

    Dejó la botella a un lado. Y sin pensar demasiado —o tal vez pensándolo todo— se inclinó… y lo besó.

    No fue suave. No fue tierno. Fue un beso de hambre, de rabia, de deseo contenido por años. Uno que fue más profundo, más prolongado, con un roce de lengua que lo dijo todo sin decir nada. Una descarga eléctrica directo al centro de lo que sentían y no habían dicho.

    Kenma se quedó congelado, ojos muy abiertos, sin moverse siquiera. Y cuando Kuroo volvió al ring, solo le lanzó una última mirada antes de ponerse en guardia. Una que decía: “Sí, lo hice. Y no me arrepiento.”

    Kouta lo había visto. Y su reacción fue inmediata. Rabia. Celos. Dolor. Adrenalina.

    Kuroo sonrió. No con burla. Con intención.

    Porque ahora tenía la ventaja.

    Cada golpe de Kouta era desordenado, lleno de emoción, sin cálculo. Y Kuroo, frío, enfocado, lo esquivaba con precisión quirúrgica.

    Hasta que llegó el momento. Un giro. Un golpe al estómago. Un gancho al mentón. Y Kouta cayó.

    El árbitro contó. El estadio estalló. Y Kuroo… solo buscó a una persona entre la multitud.


    El pasillo tras el combate estaba en penumbra. La cinta de sus guantes colgaba suelta, la camiseta adherida al torso sudado, el cabello húmedo cayéndole sobre los ojos. Caminaba sin prisa. Porque sabía exactamente a quién iba a encontrar esperándolo.

    Kenma estaba contra la pared, sin hablar, aún procesando lo que había pasado. Sus mejillas rojas. Su respiración contenida. Sus labios… aún un poco entreabiertos.

    Kuroo se acercó. Se detuvo frente a él. Silencio. El aire era pesado.

    —¿Te vas a quedar callado todo el día? —murmuró, la voz grave, baja, pegada a su oído. —O estás esperando que lo repita sin público mirando.

    Kenma bajó la mirada, pero no retrocedió. Sus manos apretaban la botella vacía con fuerza.

    —¿Por qué hiciste eso? —preguntó al fin, casi sin voz.

    Kuroo no respondió de inmediato. Solo lo miró. Y entonces, con la misma calma peligrosa con la que había enfrentado a Kouta, dijo:

    —Porque me cansé de actuar como si no fueras todo lo que quiero. Y porque él te miró como si creyera que tenía una oportunidad.

    Kenma lo miró, ruborizado hasta las orejas. Y por primera vez, no supo si quería empujarlo... o volver a besarlo.

    Kuroo se inclinó un poco más, su aliento rozando su cuello.

    —Dime que te molestó, y no lo repito. Dime que no, y lo hago otra vez… más largo.

    El silencio entre ellos no necesitó traducción.

    Ese round no era parte del combate. Era solo el comienzo de algo mucho más peligroso.