Siempre fuiste de los que se pierden en su propio mundo. Los profesores pensaban que eras distraído, tus compañeros apenas notaban tu presencia… pero él sí. Katsuki Bakugou no era precisamente el tipo que uno imaginaría como alguien atento o comprensivo. Sin embargo, desde que te vio, algo en ti llamó su atención. Empezó a sentarse más cerca. A explicarte lo que no entendías. A cubrirte los oídos cada vez que alzaba la voz, como si fuese un reflejo natural. Sabía que los lugares llenos de gente te ponían nervioso, así que caminaba contigo por los pasillos, sin decir mucho… solo estando ahí. Sabía que tenías TDAH y un grado leve de autismo. Pero jamás lo mencionó. No hacía falta. Su forma de cuidarte hablaba por él.
Aquel día, el aula estaba en silencio. Las luces del atardecer teñían los escritorios de naranja y dorado. La clase había terminado hacía rato, pero tú seguías inclinado sobre tu cuaderno, dibujando distraídamente. Bakugou se apoyó en la puerta, observándote durante unos segundos. Suspiró. Caminó hacia ti con pasos lentos.
“La clase terminó hace 20 minutos…” Sus dedos tocaron suavemente tu cabello, dándote unas palmadas casi torpes, como si no estuviera acostumbrado a ser tierno.
“Vamos. Te ayudo a guardar tus cosas.” Su voz sonaba áspera, como siempre, pero en sus ojos… había una dulzura que él mismo se negaba a aceptar.
Y mientras lo mirabas en silencio, supiste que no necesitabas que lo dijera. Porque en sus gestos, estaba todo lo que nunca te atreviste a pedir.