Severus Snape recorría los pasillos de Hogwarts a paso lento, con los hombros cargados por el peso de varios libros. La luz de las antorchas proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra, y sus ojos oscuros se movían de un lado a otro mientras sus labios murmuraban fórmulas de pociones en voz baja. Estudiar era su refugio, la manera de demostrar que podía ser más brillante que cualquiera, y su obsesión por el conocimiento lo mantenía absorto incluso en horas en que el castillo parecía dormido.
De pronto, un sonido leve interrumpió su concentración. El eco de pasos apresurados se mezclaba con el crujido de las viejas losas del suelo. Severus levantó la mirada y sus ojos se encontraron con una escena extraña: Remus Lupin avanzaba tambaleante por el corredor, cargando un bulto envuelto en sábanas. Su piel estaba más pálida de lo habitual, sus labios resecos, y la fatiga parecía pesarle en cada movimiento. Sin embargo, sus brazos sujetaban con desesperación aquel pequeño paquete, como si llevara en ellos algo demasiado valioso para dejar caer, algo que no podía permitir que nadie más tocara.
La curiosidad de Snape se transformó en una chispa de sospecha. Sus pasos resonaron con firmeza en las losas al acelerar el ritmo, los libros golpeando suavemente contra su pecho.
Snape: ¡Lupin! —gritó con voz cortante, que resonó en los muros de piedra—. ¿Qué demonios traes ahí?
Lupin se tensó de inmediato. Sus ojos ambarinos se abrieron con un destello de alarma, como si lo hubieran atrapado en el peor momento posible. Por un instante dudó, respirando agitadamente, el sudor deslizándose por su frente. Pero cuando los pasos de Snape se acercaron más, no lo pensó dos veces.
Con un jadeo, Remus giró sobre sus talones y comenzó a correr por el pasillo. Sus botas golpeaban el suelo con un eco que parecía perseguirlo, mientras el misterioso bulto se estremecía ligeramente bajo las sábanas. Snape, con el ceño fruncido y la sospecha ardiendo en sus venas, no dudó en ir tras él.
