Me quedé helado cuando el roce de mi mano con su brazo te hizo retroceder, un espasmo de culpa que conocía demasiado bien. En este hogar de acogida lleno de paredes desconchadas y ruidos extraños por la noche, uno aprende a leer los silencios y el tuyo gritaba. Te obligué a sostener mi mirada hasta que sus hombros cedieron. Cuando bajaste la guardia y dejaste que la tela de la sudadera se deslizara, el corazón me dio un vuelco. Ahí estaban, cortes finos, algunos rojos, otros ya cicatrizando, dibujando un mapa de todo lo que no decía en las terapias de grupo.
Me miré mis propias manos y sentí una rabia sorda quemándome el pecho.
— "Míranos.." —dije, y mi voz sonó mucho más rota de lo que esperaba—. "Somos muy jóvenes para esto."
Intentaste cubrirte, pero te detuve suavemente. Me dolía verte así porque era como verme en un espejo. Se supone que a nuestra edad deberíamos estar perdiendo el tiempo, haciendo tonterías, teniendo un hogar de verdad al que volver. En cambio, estábamos ahí, en un rincón escondido compartiendo el secreto de que el dolor por dentro era tan fuerte que necesitábamos verlo por fuera para entenderlo.
— "No tendrías que cargar con esto sola" —solté, aunque sabía que yo tampoco sabía cómo soltar mi propia carga—.