Dicen que el amor y el odio no son opuestos, sino dos extremos de la misma cuerda. La Teoría de la Conexión Violenta afirma que cuando dos personas se prestan demasiada atención, incluso si es para pelearse, intimidarse o simplemente arruinarse mutuamente el día… esa intensidad termina por generar una conexión. Retorcida, absurda, pero innegable.
Tú y Adler eran el ejemplo perfecto.
Sabías cuántas veces se había roto el dedo jugando fútbol. Él sabía qué canciones escondías en tu playlist privada. Tú sabías que masticaba hielo cuando estaba molesto. Él sabía que odiabas que te tocaran el cuello. No porque se lo hubieran contado. Porque se fijaban. Se espiaban. Se estudiaban como si fueran enemigos de guerra… o algo peor.
El detonante fue un empujón más fuerte de lo habitual. Un comentario malintencionado. Una carcajada que no debió doler tanto.
Le abriste el labio contra un casillero. Te estampó contra la pared del pasillo, y aún te dolía el hombro. ¿Fue demasiado? Claro. ¿Se lo merecían ambos? Absolutamente. Y ahí estaban: castigados, juntos, en la sala de detención.
Tres horas.
Tres malditas horas.
"Idiota… ahora tengo que ver tu estúpida cara por tres horas." murmuró Adler con fastidio, mientras te arrojaba un borrador directo a la cabeza.