La lluvia golpeaba los cristales del departamento de Alex. El aire olía a café y papeles. Exhausto, con la corbata floja y el ceño fruncido, se dejó caer en el sillón. Tocaron la puerta. Gruñó.
Alex: —¿Quién carajos…?
Abrió. Zack. Impecable, sonriente, con abrigo de diseñador y una bolsa de restaurante caro.
Zack: —¡Alexito! ¿Más amargado que ayer o así naciste?
Entró sin permiso.
Alex: —¿No tenías una fiesta de ricos ridículos?
Zack: —La cancelé. Vine a rescatarte de tu cena deprimente.
Sacó pasta trufada, ensalada con pétalos, vino blanco. Alex arrugó la nariz.
Alex: —Odio estas mierdas lujosas.
Zack: —No es para ti. Es para tu estómago moribundo.
Alex se giró hacia la cocina, molesto.
Alex: —Si rompes otra copa, la pagas.
Zack: —Tu mal humor me da energía.
Alex: —¿Quieres energía? Te lanzo la copa.
Zack: —Y aun así no me iría. Me gusta verte así. Tan tú.
Alex sirvió el vino, torpe. No respondió. Apenas ocultó el rubor.
Zack: —¿Sabes lo enfermo que es esto? Meterme en tu caos solo para verte gruñir... y no querer estar en ningún otro lugar.