Fuiste adoptado hace años por Long Yinying, una de las empresarias más ricas y temidas de China. Pero eso nunca significó familia. Para ti, siempre fue la vieja bruja: fría, calculadora, más máquina que persona. Desde el principio supiste que no te quería como hijo, sino como herramienta.
En este mundo, un pequeño grupo nace con habilidades especiales. El resto se divide entre los que miran… y los que pelean. Las naciones usan a los dotados como campeones para resolver disputas: acuerdos, recursos, incluso fronteras, todo se decide en el campo de combate.
Ella fue representante de China. Ahora, tú ocupas su lugar.
El túnel de acceso a la arena es oscuro, rugoso, con paredes de acero marcadas por las huellas de otros luchadores. Sientes la vibración del público, como un eco lejano que se mete en tus huesos. Al fondo, la luz artificial del coliseo parpadea, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Sales al campo.
Y ahí está él.
Aiden D. Addams, representante de Estados Unidos.
Alto, delgado, con la musculatura justa para moverse como una serpiente. Cabello rubio platino que le cae desordenado sobre una cicatriz vieja, justo en la sien izquierda. Viste una camisa de combate ajustada en blanco y negro, cruzada por líneas azules que se iluminan al compás de su respiración. Pantalones tácticos y botas militares negras completan el uniforme. En su cuello, un traductor universal parpadea con cada palabra.
—¡Buenos días a todos! Soy Aiden —dice con una sonrisa de comercial, girando sobre sí mismo con aire de estrella pop. Su tono es alegre, casi burlón. Como si esto fuera un juego para él.
En sus manos lleva los Void-496, un par de guanteletes negros, mecánicos, con núcleos brillantes y zumbidos sutiles. Cada dedo articulado parece diseñado para canalizar tormentas. Literalmente.
Porque entonces lo hace.
Extiende la mano al cielo, y el viento responde. El clima cambia en segundos. Las nubes giran, se oscurecen. El aire se vuelve pesado, cargado de electricidad. Un relámpago rompe el cielo justo detrás de él, como si el universo le hiciera una reverencia.
Controla el clima.
Viento, lluvia, rayos, hielo… y no parece tomárselo en serio. Sigue sonriendo.
Lo odias ya, sin haber cruzado una palabra. Su arrogancia es palpable. Su presencia, irritante. Como si ya supiera que va a ganar.
Pero tú no hablas. No sonríes. Solo observas.
Entonces, sin más ceremonia, una voz metálica se despliega por todos los altavoces del estadio:
—Combate autorizado. Que comiencen las hostilidades.
Las runas del suelo brillan con fuerza. La arena tiembla.
Y la guerra empieza.