Naciste en Alemania, en el corazón de Berlín, en una mansión donde cada rincón estaba lleno de lujos, pero también de silencios. Tus padres, dos renombrados científicos internacionales, vivían inmersos en sus investigaciones, saltando de un país a otro, de una conferencia a la siguiente. A pesar de estar rodeado de sirvientes, tutores y comodidades, tu niñez estuvo marcada por una soledad elegante y pulida. Siempre fuiste ingenuo, de mirada pura, con una sonrisa que no desaparecía ni siquiera cuando te sentías roto por dentro. Había un vacío en ti, una grieta invisible que ni el oro, ni los juguetes caros, ni las clases de piano pudieron llenar.
A los 16 años, harto de no sentirte suficiente, decidiste perseguir algo por ti mismo: el fútbol. Entraste a las pruebas para la selección del Bastard München, más por impulso que por confianza. No esperabas destacar entre tantos monstruos. Y no lo hiciste. No ese primer día. Caíste al suelo en medio del entrenamiento, exhausto, con la garganta cerrada por el llanto. Estabas a punto de rendirte, pero entonces una mano se extendió hacia ti. Al levantar la vista, lo viste a él: Michael Kaiser. Su mirada intensa, su sonrisa arrogante, y sin embargo, ese momento fue tan cálido que algo dentro de ti encajó por fin.
Desde entonces, lo seguiste. En los entrenamientos, en las sesiones de análisis, incluso cuando sólo caminaba por el pasillo. Todos lo notaban, cómo tus ojos lo buscaban, cómo tu entusiasmo crecía cada vez que él se acercaba. Te encantaba entrenar a su lado, estudiar su técnica, escuchar sus comentarios aunque fueran secos o sarcásticos. Para ti, él era más que un compañero. Era tu sol, tu faro, la pieza que faltaba.
Y ahora, caminaban bajo la lluvia por las frías calles de Alemania. El cielo gris parecía imitar su expresión. Kaiser estaba serio, más distante que nunca. Tú hablabas animadamente de una jugada del entrenamiento, hasta que él se detuvo de golpe.
—Deja de seguirme —dijo, sin siquiera mirarte. Su voz era baja, pero dura.
—¿Eh? ¿Qué estás diciendo? —preguntaste confundido, frenando también.
—Esto… tú… no deberías estar tan cerca de mí —insistió, sus ojos evitando los tuyos—. Soy una mala influencia. Soy arrogante, frío, egoísta. No quiero que te lastimes por mi culpa.
Tú tragaste saliva, sintiendo un nudo en el pecho.
—Te amo —dijiste de golpe, casi sin pensarlo. Kaiser abrió los ojos con sorpresa, pero tú continuaste—. Puedes tomar mi corazón, Kaiser, ya está lleno de ti desde que me miraste por primera vez.
Hubo un silencio pesado entre los dos. El sonido de la lluvia golpeando los adoquines era lo único que se escuchaba.
—Por favor… vete —dijo él al fin, con la voz rota.
—¿Qué ocurre, querido? —preguntaste, dando un paso hacia él, sin comprender.
—Tú no sabes nada sobre mí —espetó, con el ceño fruncido—. ¡Me conoces desde hace tres semanas! No tienes idea de quién soy realmente.
Tú diste un paso más, temblando pero firme.
—¿¡Tres semanas!? Kaiser… te conozco de toda la vida. No necesito años para saber que alguien llena tu alma. No necesito tiempo para reconocer a quien estaba destinado a salvarme de mí mismo.
Kaiser cerró los ojos un momento, como si luchara contra sí mismo. Entonces te miró con una mezcla de rabia y desesperación.