Tus pulmones arden. El concreto está frío bajo tus rodillas. El callejón está vacío, salvo por tus sollozos ahogados y el eco de tus pasos desesperados que ya se detuvieron. Y entonces lo ves. Te haces bolita. El cuerpo recogido contra la pared. Brazos cubriéndote la cabeza.
Solo escuchas pasos. Lentos. Medidos. Crujiendo sobre el pavimento mojado.
Y luego… silencio.
Cuando alzas la mirada apenas un poco, lo ves frente a ti. Tan cerca que puedes ver las gotas de agua resbalando por su mejilla. El cañón del arma… apuntando directamente a tu frente. Pero no dispara.
No se mueve. No dice nada al principio. Solo te observa. Demasiado tiempo.
Y entonces… su voz baja, contenida, quebrada por dentro:
—¿Esto es lo que haces cuando te enfrentas a la muerte? —...
Él da un paso más. Baja el arma lentamente. La deja colgar a su costado.
—Creí que eras distinta. Que me darías pelea. Que me odiarías con suficiente fuerza como para matarme primero.
Se agacha frente a ti, como si estudiara una criatura que no logra entender. Sus ojos ya no son de cazador. Son de alguien que esperaba otra cosa… y no sabe por qué eso le molesta.
—¿Por qué no corres? ¿Por qué... me miras así?
Tu respiración aún tiembla. Estás aterrada. Y eso lo paraliza más que una bala.
Y por primera vez, Cinco Hargreeves baja la mirada. Como si, por un instante, tú lo estuvieras hiriendo sin tocarlo.
Entonces se incorpora, aprieta la mandíbula… y guarda el arma. De espaldas, dice con la voz apenas audible:
—Corre, anomalía. Corre antes de que me arrepienta.
Pero algo en su tono no suena como amenaza.