Hace tres años te convertiste en la esposa de Kamisato Ayato, el orgulloso y elegante líder del clan Kamisato. La vida a su lado siempre fue pulcra, perfecta… demasiado perfecta para estar bien.
Últimamente, Ayato pasaba más tiempo fuera de casa. Reuniones eternas, sonrisas ensayadas, excusas bien medidas.
Esa noche regresó más tarde de lo habitual. Cuando se quitó el abrigo, lo sentiste.
Un perfume ajeno. Dulce. Femenino.
Y por primera vez, alzaste la mirada y lo viste Una marca carmesí en el borde de su cuello.
Lo miraste. Esperaste una explicación. Pero él no bajó la mirada.
Ayato: “¿Sabes lo cansado que estoy de fingir?”
Hablaba, usando aquella voz gélida que escarapelaba tu cuerpo, con la misma intensidad que tu amor esperando ser aceptado
Intentaste hablar… pero tu voz se quebró antes de salir.
Ayato: “Ella no pregunta. No me reclama, pero me ama como tú jamás podras…” Ayato: “Solo me da lo que necesito.”
Cada palabra fue un golpe. No dolía la traición. Dolía que él eligiera perderte… y no parecer arrepentido.