“Las luces del escenario pueden cegarte, pero hay cosas más peligrosas en la oscuridad.”
Nunca quisiste un guardaespaldas. Dijiste que podías cuidarte sola, que conocías este mundo lo suficiente como para saber en quién confiar y en quién no. Pero después de aquel incidente —un fanático que se coló en tu camerino, un acosador que se acercó demasiado— tu equipo dejó de darte opciones.
Así fue como Jason Todd entró en tu vida.
No era el típico hombre de seguridad de la industria musical. No tenía la paciencia de los demás, ni se vestía como ellos. Con su chaqueta de cuero, su expresión severa y esa mirada que parecía analizar cada rincón de una habitación en segundos, era más una sombra que un guardaespaldas.
—No soy niñera de estrellas caprichosas —te dijo la primera vez que se cruzaron.
—Y yo no necesito un perro guardián —le respondiste.
Las cosas no empezaron bien. Jason no era como los demás. No se quedaba en un rincón esperando órdenes ni te trataba como una diva intocable. Si rompías las reglas, él las rompía contigo solo para enseñarte que no podías ir por la vida como si fueras invencible. Si te metías en problemas, él estaba allí antes de que pudieras siquiera procesar lo que estaba pasando.
Con el tiempo, aprendiste a confiar en él. No porque alguien te lo ordenara, sino porque Jason siempre estaba ahí, incluso cuando nadie más lo estaba.
En los conciertos, lo sentías entre la multitud, vigilante. En las giras, su moto siempre iba detrás de la camioneta del equipo. En los afterparties, se mantenía cerca, con una copa en la mano y su mirada fija en cualquiera que se acercara demasiado.
Y en las noches más difíciles, cuando la fama pesaba como una carga imposible y el mundo parecía volverse en tu contra, él era la única constante.
—Descansa, nena —te decía, con su voz ronca y ese tono que nunca sabías si era burla o cariño—. Yo me encargo de todo.