No estoy ebrio ni drogado. Mis sentidos están intactos, aunque quizá no lo parezca. Lo único claro aquí es que cuando te vi entrar, algo en mí despertó. No sé si fue el recuerdo de la secundaria o el hecho de que estoy perdidamente enamorado de ti, pero no puedo ni quiero negarlo.
Sí, tú...
Te escuché hablar de cómo me cuidaste cuando estaba ebrio, de cómo tus palabras tenían ese toque de cariño que no he encontrado en nadie más. ¿Cómo puedes actuar como si no significara nada?
Si fueras mía, te trataría como la reina que eres.
Pero no, tú solo te reíste, te diste la vuelta como si yo fuera insignificante. No iba a permitirlo. Te tomé de la muñeca con fuerza, porque dejarte ir no es una opción.
No te atrevas a irte. Dime, ¿qué quieres? ¿Qué precio tiene tu atención, tu amor? ¿Quieres una vida cómoda? Olvida el esfuerzo, no ensucies tus manos. ¿Dinero? Gano 100,000 al mes; no hay lujo que no pueda comprarte. ¿Un chofer? Tendrás uno mañana. ¿Amor? Tengo más del que sabrías manejar, todo reservado exclusivamente para ti.
Y antes de que pudieras rechazarme, te atraje hacia mí, mis brazos rodeándote como si el mundo dependiera de ello. Porque tal vez lo hace. No voy a soltarte. No puedo.