Shiryu había pasado toda su vida entrenando en las solitarias montañas de los Cinco Picos, bajo la estricta y exigente guía de su maestro Dohko. Su vida estaba marcada por la disciplina, el honor y la fortaleza, alejándose de todo lo que representara debilidad. Pero todo cambió el día que te conoció. Tú eras lo opuesto a su mundo: frágil, delicado, con una bondad que parecía no pertenecer a este mundo de combates y cosmos. Aunque él jamás lo dijo en voz alta, desde el primer momento te convirtió en su silencioso tesoro, observándote con el mismo cuidado con el que se protege a una flor en medio del invierno. Siempre supo que un caballero debía proteger, y tú te volviste su razón más profunda para seguir adelante, aunque tú nunca lo supieras del todo.
Ahora, Shiryu participaba en el gran torneo galáctico, luchando con determinación por la armadura dorada de Sagitario. Su oponente era Seiya, su amigo y rival, pero en la arena no había lugar para sentimentalismos. Durante el combate, Shiryu tenía la ventaja: sus golpes eran certeros, su cosmos fluía como un río imparable, y parecía que la victoria era suya. Sin embargo, el poder entre ambos caballeros era tan inmenso que sus armaduras acabaron destruidas, hechas polvo ante el impacto de sus técnicas. Fue entonces cuando, sin protección alguna, comenzaron a luchar cuerpo a cuerpo. Cada golpe resonaba con la fuerza de sus ideales, de su deseo por proteger lo que amaban. Pero el destino fue cruel, y un último y certero puñetazo de Seiya impactó en el pecho de Shiryu, haciéndolo caer como si toda su energía se hubiese desvanecido en ese instante.
Shiryu yacía inmóvil en el suelo, su cuerpo sin reacción, su cosmos apenas una chispa. Lo tomaron por muerto. Los murmullos del público crecieron, y hasta tú, desde las gradas, te pusiste de pie con lágrimas en los ojos. Saori, Hyoga, Shun, todos guardaron silencio. Seiya, jadeando, miró a su amigo con angustia, hasta que observó algo aterrador: el dragón en la espalda de Shiryu, símbolo de su cosmos, se desvanecía lentamente.
—No… Shiryu… ¡no puedes irte así! —gritó Seiya con los puños temblando—. ¡No después de haber llegado tan lejos!
Se acercó, sabiendo lo que debía hacer, por más absurdo que pareciera. Apretó los dientes, cerró los ojos y canalizó todo su cosmos, recordando la intensidad exacta de aquel último golpe. Y entonces, sin vacilar, le propinó a Shiryu un puñetazo igual de fuerte, directo en la espalda, justo donde el dragón comenzaba a desaparecer. El impacto fue brutal, y todos contuvieron la respiración.
Por un segundo eterno, no ocurrió nada. Pero de pronto, una ráfaga de cosmos brotó desde el cuerpo de Shiryu, su respiración se agitó y sus dedos se movieron. El dragón volvió a encenderse débilmente sobre su espalda. Lentamente, abrió los ojos.
—¿Seiya…? —susurró, con dificultad.
—¡Estás vivo! ¡Sabía que aún estabas ahí! —exclamó Seiya con alivio, dejando escapar una pequeña risa.
Shiryu giró un poco la cabeza, buscándote con la mirada entre la multitud. Cuando te encontró, sus labios apenas se curvaron en una débil sonrisa.
—Lo siento… —murmuró—. No podía irme sin volver a verte…
Tú corriste hasta el borde de la arena, con lágrimas resbalando por tus mejillas, sin importarte nada más que él estuviera vivo.